CARAS DE CULO

Victor Albarracín 

Tenemos miedo de esos otros: vemos sus ropas, sus decorados, los accesorios tras los que se esconden. Bajamos la mirada cuando nos los cruzamos en la calle; evitamos sus sitios, buscamos la luz, cambiamos de acera si están en grupo. Nos resistimos a oír las estridencias de esa música que no es brutal ni gutural pero asusta.

 

De la serie The New Pollution de María Isabel Rueda

Tenemos miedo de ellos porque son algo distinto a nosotros. Porque nunca sabemos si son hombres o mujeres pero no podemos decir que sean travestis. No queremos desearlos y, por eso, no los miramos.

No les damos la cara. Nos evadimos de su presencia. Quisiéramos que desaparecieran, pero son demasiado visibles. Con sus pelos y sus tinturas, con esos taches en la chaqueta, con esas medias de lycra rota. Con toda esa “ambigüedad.”

Siempre diferentes pero indiferenciados. ¿Qué son ellos? ¿Qué tipo de personas se esconderían bajo esas fachas? No son punks ni metaleros ni raperos ni emos ni skinheads ni putas ni lobas ni nerds pero son quizás todo eso porque tal vez no les da la gana ser algo más que una mancha.

The new pollution es una serie de fotos tomadas por María Isabel Rueda en el Chopo, en México D.F. En ellas vemos retratadas en pleno día a personas que, usualmente, sólo vemos de noche. Los góticos, pero mexicanos, o mexigoths como se les conoce en Estados Unidos, constituyen una categoría social hibridada como pocas. Resultantes de una fuerte tradición católica, de una cultura del miedo, del día de los muertos, de la adoración a las películas del

Santo o a las de Juan López Moctezuma y Alejandro Jodorowski. Receptores de una herencia cultural de bajo presupuesto pero, en todo caso, mucho más blanca que la que han terminado reproduciendo. No pueden ser vampiros porque son morochos, no pueden ser latinos porque su misión es alcanzar la tristeza. Son un punto de cruce entre todos los desperdicios de la cultura juvenil contemporánea y por ello, han terminado siendo la evidencia de un espacio sin lugar. Especies raras de agujeros negros, de anos solares; postproletarios vestidos de postaristócratas, vendiendo flores secas en la calle.

Construyendo engaños, viviendo de lo aparente. No sabemos cómo referirnos a ellos ni cómo hablarles pues el lenguaje no nos fluye con naturalidad en su presencia; tal vez porque ellos mismos son apenas una construcción lingüística, una serie de convenciones, de sintagmas deformados por una retórica muy particular. Un ejercicio de estilo sin trasfondo ni sustancia. El puro aliento de la enunciación. Fantasmas y diablos sin horizonte.

Los vemos pasar, apesadumbrados, haciendo cara de culo. Y con esa cara les respondemos. Pero, tal cual nos recuerda Giorgio Agamben, las brujas a quienes los inquisidores acusaban de

besar durante el aquelarre el ano de Satán, respondían que también en él había un rostro.

Dada esa situación, sólo quedaría por preguntarnos si en esa relación nosotros, aquí, de este lado de la frase, somos las brujas, los inquisidores o, simplemente, anos.

 

 

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