DIVAGACIONES A PARTIR DE UNA LLAMADA AL CIELO


Julio Alejandro Torres Salcedo

 

When you are dancing, a beautiful lady becomes drunken.

When you are dancing, a shining moon rings.

A god descends for a wedding

And dawn approaches while the night bird sings.

God bless you”

 

Esa es la letra de uno de los temas en la banda sonora del anime Ghost In The Shell (1995). La encontré haciendo una búsqueda mas o menos exhaustiva en Google. Quién sabe si es precisa o si se perdió algo en el proceso de traducción. El punto es que vino a colación por que, casi sin querer y de una liga a otra llegué a un video en youtube con la presentación en vivo de ese tema y de otro más, ambos compuestos por Kenji Kawai. En el video podemos ver a una orquesta, un coro de mujeres, y hasta al propio compositor haciendo una vibrante y perturbadora interpretación. Mientras lo veía se me vidriaban constantemente los ojos. En segundos, era como si el líquido se detuviera justo al borde de salir, contenía mi respiración, luego suspiraba y solo emanaba el aire de mi boca, de mis pulmones, de todo mi cuerpo. Los lagrimales permanecían hinchados de contenerse. Es tan emocionante toparse con cosas de ese calibre, con la calidad del espectáculo que presenciaba a través de la pantalla de mi teléfono y el sonido filtrándose en mis audífonos. A quienes han escuchado alguno de los temas incluidos en los soundtracks de ambas películas de la saga, GITS y GITS: INNOCENCE sabrán a que me refiero. A quienes no, les dejo un link actual: http://youtu.be/z64HCi2rQkE

Se me enchinaba la piel, además, por que simultáneamente pensaba en el recorrido que realicé de un sitio para llegar al otro. Me abrumó la idea profética de la cual parte una de las premisas de la historia. “La red es vasta, infinita” me repetía. Tardé tantos meses, años, para llegar a observar esa presentación y aun así no se desvaneció en el extenso mar de información y datos. No fue necesario que estuviera de manera “física” o en directo para participar en tal experiencia estética. Me bastó darle play, permanecer sentado y escuchar las pulsaciones de mi corazón al ritmo de los timbales, los tambores y las percusiones de las canciones. Es extraño cuan imprescindible resulta el “estar” en términos presenciales. Si todo se graba y todo permanece en la web, se puede repetir. Es un loop que deja de lado las posibilidades sinestésicas del cuerpo en tiempo real, pero que abre oportunidades a un tiempo futuro o a otros tiempos. Es decir, podemos incluso repetir la experiencia, pausarla, regresarla, o adelantarla en dado dispositivo y eso de alguna forma aumenta (y fragmenta) las posibilidades de encuentro. Nunca la ubicuidad del formato audiovisual fue tan apabullante y tan conveniente a la vez. Pensé posteriormente en Motoko Kusanagui y en El Titiritero, ambos personajes del mencionado anime. Recapitulando mentalmente una de las escenas, me imaginé que tomaba el lugar de Kusanagui y que era perseguido por cuerpos de gynoides (androides fabricados como sexdolls) y que para sobrevivir debería destrozar sus estructuras. Dos golpes certeros y una patada acrobática bastaría para desprenderles la cabeza, por ejemplo. Una imagen me llevó a otra y no pude evitar recordar la ansiedad que sentí cuando relacioné la presencia y función de esos robots de la historia con la vida de muchas mujeres en la vida real. No hay que ser muy listo para reconocer el doble planteamiento y el dilema que introduce Mamoru Oshii, guionista y director de ambas películas. Los gynoides realizan una tarea básica, proporcionar placer, actividad sexual para sus usuarios o “dueños”. Esta particularidad, la posesión de los “objetos” por el usuario y también la implicación de los modos en que se han producido, llevan a las mismas cyborgs a un estado de “psicosis” y posteriormente a perpetrar asesinatos en aras de librarse de su sometimiento. Una vez que el crimen se ha cometido, inician una fase de autodestrucción ya que se ha quebrantado una de las leyes fundamentales de la robótica. Un gran asunto en toda la historia, según entiendo, es que a partir de sus almas insertadas los gynoides adquieren autoconciencia que les permite rebelarse y suplicar por ayuda, un llamado que como era de esperarse es atendido por otro androide. El objetivo de esa ayuda, que ofrece la expiación de toda culpa y la reconfiguración del sistema en red, me parece un recurso que delata una preocupación que va más allá de la simple representación del cuerpo femenino y la figura del infante siendo vejados por los aparatos de control del nuevo estado y su simbiosis con el corporativismo de alta tecnología. Podríamos hablar en todo caso, del establecimiento de una declaración de principios posthumanos disfrazada de una operación contra el tratado de blancas. No me lo tomen a mal, por el contrario, creo que la propuesta es interesantísima más allá de los planteamientos filosóficos por que posiciona tanto a los androides como a las redes de corrupción en un nivel muy similar dentro de la categoría de “anomalía” frente al sistema. Ante esa situación, no es nadie más, sino sólo las maquinas quienes perturbadas terminan ayudándose entre si. O sea, el sentido de singularidad y el de autoconservación se desplazan frente a la necesidad de una preservación comunitaria. El caso se resuelve, con todo y las bajas en ambas partes, pero aún no me quedan muy claros los motivos: ¿Motoko y Batou están específicamente haciendo su trabajo ayudando a humanos para tener la satisfacción de un caso policial resuelto, o han detenido la masacre, sin importar los medios, pues la naturaleza de la empresa pervierte las nociones de “espíritu” y “robot”?

Ligo inmediatamente dicha situación en contraste con David 8, personaje humanoide de la ultima película de Riddley Scott,
Prometheus (2012). Diseñado y programado para solventar tareas de alto rendimiento físico y de procesos cognitivos avanzados, su papel frente a la tripulación de la nave es la de una especie de guía. Nuevamente, el servicio es el propósito. Sin embargo, a partir de una serie inesperada de eventos pero basado en respuestas pragmáticas no programadas, logramos ver asomos de personalidad. Pero dicha personalidad ¿es exclusiva de ese modelo que se le adjudicó a la nave? ¿Está basada en rasgos faciales y respuestas anímicas autónomas o en un conjunto de decisiones, como las de una persona? Permitir la adhesión y la convivencia entre humanos, según una de las escenas entre él y otro científico de la tripulación, fue lo que obligó a sus creadores a concederle apariencia “humana”. ¿Cuántas veces, históricamente, no hemos padecido aversiones hacia lo diferente? La barrera discriminatoria es preponderante para determinar el destino entre los personajes completamente humanos y los no-humanos. La suposición de que siempre sobrevive el más fuerte nunca fue tan devastadora. Frente al hecho de las limitaciones corporales, que se desgasten las células humanas, que el cerebro tenga ciertos alcances únicamente, etc. se reitera sistemáticamente el argumento de las diferenciaciones entre seres humanos y cyborgs: como cualquiera podría jurar que “ningún robot tiene alma”, que simplemente operan para cumplir lo que se les ordena y son objetos complejos, pero al fin y al cabo envases y receptáculos fríos, llenos de cableado y sin conocimiento del remordimiento o la pena.

Para contrarrestar esa marcada distinción, me viene a la mente el personaje de Marcus Wright en la ultima entrega de la saga Terminator, “Salvation” (2009). A diferencia de David 8, y al igual que los androides policiacos en GITS, a Marcus le caracteriza la unión de un cerebro humano insertado en un cuerpo el cual fue donado al desarrollo biomédico. Llegar a entender los intereses por parte de la compañía que le ofreció ese cambio definitivo es uno de los motores que lo llevan a la aventura y al encuentro con el personaje principal. Sin embargo, su aceptación como un ente robótico cuyas memorias son el único dejo de humanidad que le quedan, lo conducen a cuestionarse “¿qué hace a un hombre?”. ¿Es acaso “lo que hay en su corazón”, las decisiones que toma o el tener verdaderamente un cuerpo humano, una vida que no ha traicionado el estándar natural? Me parece sumamente atractivo que se erigen estos cuestionamientos de manera tan simplista, por que creo que es posible hacer otras interpretaciones y llegar a un nivel más profundo. Marcus realmente no logra abrazar su condición como un cyborg para después realizar el ultimo sacrificio y así responder la gran pregunta, por el contrario, su historia que es la de un ex convicto sentenciado a muerte y al que se le concede una segunda oportunidad, es únicamente un pretexto que rechaza, en ultima instancia, la idea de una vida separada del ideal antropocéntrico. ¿No es acaso el modelo perfecto para repetir incansablemente al (anti)héroe blanco cuya encrucijada se resuelve en el momento de reconocer aquello que lo define “más humano”? Otra razón por la cual me gusta haber traído el personaje de Marcus Wright a estas divagaciones es que si vemos detenidamente, existe un esfuerzo del director y guionista por insinuar, de manera más o menos velada, que en esa etapa de vida humanoide él debe prescindir de los placeres en el nuevo cuerpo. Wright coquetea con una de las rebeldes sin que tengamos, para pesar de algunxs, mucho asomo de escenas románticas o sexuales en pantalla. Creo con toda vehemencia en el potencial que esa frustración concede para la imaginación. ¿Se han puesto a pensar los escritores que si el motivo para negarle satisfacción a un cyborg en la historia proviene de la idea de seguir separando a las maquinas del contacto intimo con humanos, quizá nos indica que aún vivimos en una época de discriminación y de negación a las maravillas que traería consigo? Lo que quiero decir en términos coloquiales es ¿Cómo nos imaginamos el sexo entre androides y humanos? ¿Es tan aberrante? ¿Tanto que el cascarón mecánico ha sido desprovisto de órganos sexuales y de libido necesaria para consumar actos de placer? ¿Por qué el robot no puede poseer la autonomía y determinación suficiente para desarrollar intimidad con cualquier especie? ¿Acaso la limitación de Marcus se activa en función de su obsesión por descubrir que es lo que lo define como “hombre” y anula con ello las posibilidades de deseo, desear-ser deseado? Encima de todo, encuentro sexismo en la manera indirecta en que los autores objetifican a las gynoides para enviar un mensaje “de conciencia” pero permiten que los androides masculinos desarrollen un conflicto interno o una disque “búsqueda para llegar a la verdad”, lo que sea que eso signifique. Desde una postura pro-feminista, el plot del gynoide podría interpretarse como una clara metáfora de la prostitución, donde dicha alusión es la que lleva al estado y a la sociedad a condenarla ya sea ilegalizándola o marginalizando y casi deshumanizando a lxs trabajadorxs sexuales, representándoles como simples victimas y sin sentido de agencia. Padezco la temible curiosidad de confirmar si efectivamente las distinciones y problemáticas genéricas desaparecen en el mundo sci-fi de los cyborgs. Incluso despojarse de la sexualidad convencional y encontrar otras vías de placer, así como en aquella escena entre Sandra Bullock y Silvester Stallone en Demolition Man (1993) utilizando un método virtual de “estimulación” erótica.

Por ultimo, no me sorprende que los grandes personajes y voces que siguen orillando esta clase de discusiones sean en su mayoría mujeres. Bio-mujeres, trans, aliadxs, autodefinidas o no, pero ya no es curioso que el disentimiento y el anhelo de explorar más allá de las limitaciones provenga de ese mismo lugar que confronta al androcentrismo, los esquemas heteropatriarcales y el antropocentrismo. Un ejemplo fundamental para apreciar el shift de autoconciencia se da tras el primer encuentro de Motoko Kusanagui con el Titiritero: cuando lo único que le queda es su conciencia, se pregunta detenidamente si es necesario siquiera pertenecer a un cuerpo robótico, estar atada a un pseudo-organismo. ¿Qué importancia tiene para nosotros este vehículo al que llamamos “cuerpo humano”? Con el advenimiento de tanta tecnología y avances científicos ¿Cuántos de nosotros no hemos soñado con un día no depender del plano material y orgánico? Así como cultural y metafísicamente hemos discutido entorno al alma (o eso que consideramos como la esencia del ser), la aparente posibilidad de una entidad transitando por la red podría llevarnos a otros mundos que no sean únicamente imaginarios. Si llegase a ocurrir ¿Cuáles serían las políticas para que muchos pudiéramos optar por una vida en términos informáticos? Es más, creo que atentaríamos contra la definición común de lo que entendemos por “vida”. ¿Desde donde podemos romper ese paradigma y lo volvemos accesible para propios y extraños? ¿Las cuestiones de clase, edad, raciales y de sexo realmente se desvanecerían? ¿Seria posible que comunidades no centralizadas tuvieran la información y el acceso suficiente para elegir esa experiencia de vida?

¿Llegará algún día ese mundo para nosotros? Qué tan cerca y tan lejos estamos…

 

Julio Torres Salcedo, octubre de 2012

*Imágenes:

1.- Marcus Wright

2.- Gynoids

3.- Motoko Kusanagi

4.- David 8

 

 

Está aquí: Home DIVAGACIONES A PARTIR DE UNA LLAMADA AL CIELO